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Tanto en mi vida personal como en mi vida profesional, con demasiada frecuencia descubro que nos confundimos (en ocasiones también me ocurre a mí, lo reconozco) a la hora de distinguir lo que es normal de lo que no lo es, en aspectos como nuestra salud mental y el desarrollo de nuestros hijos e hijas. Y es que la confusión radica en que pensamos que algo, por ocurrirle a la mayoría de la gente (normal desde el punto de vista estadístico) es bueno para nosotros o para nuestros hijos (normal desde el punto de vista funcional /clínico / evolutivo /madurativo)

¿Qué dice el modelo estadístico?

Un acontecimiento o conducta es normal cuando se mantiene dentro de la media que engloba al resto de la población. Se considera normal lo que realiza la mayoría de las personas, la media, lo común, lo cercano, lo frecuente, reservando para la anormalidad lo extraño, lo raro, desviado, extremo y lo poco frecuente.

«Lo normal es lo que realiza la mayoría de las personas, la media, lo común, lo cercano…»

Otras formas de entender la normalidad…

Si nos alejamos del modelo estadístico, descubrimos que la normalidad, vista desde otros prismas, está más asociada a lo funcional, lo natural, la adaptación, el equilibrio, dejando a la anormalidad la disfunción, el desequilibrio, la desadaptación y el no respeto a los ritmos naturales de cada individuo.

«Normalidad = lo funcional, lo natural, la adaptación, el equilibrio…»

¿Cuándo llega la confusión?

Por supuesto que es necesario que, en determinadas ocasiones, concluyamos la normalidad / anormalidad de algo basándonos en el modelo estadístico. El problema viene cuando el dictado de dicho modelo difiere del de los otros mencionados. Aquí es donde aparece la confusión, pues nos quedamos con lo que dice la estadística y nos olvidamos de lo más importante: nuestro bienestar.

«El problema surge cuando nos quedamos con lo que dice la estadística que debería ser y nos olvidamos de nuestro bienestar»

¿No lo veis claro? Os pongo un ejemplo y lo entenderéis en seguida. Es por todos conocidos que la obesidad infantil se ha convertido ya en un problema de salud pública. Imaginaros por un momento que, en vez de ponerle freno, se nos fuera de las manos; nos encontraríamos con un porcentaje de población infantil con obesidad tan elevado, que ésta se convertiría en algo normal desde el punto de vista estadístico. Ahora bien, ¿sería esa obesidad buena para nuestros hijos e hijas? ¿favorecería su desarrollo físico, intelectual y emocional? ¿nos conformaríamos y no haríamos nada para remediarlo porque «le pasa a muchísimos niños y niñas»?… ¿Verdad que ahora ya lo veis claro?

¿Y qué implicaciones tiene esta confusión?

Fundamentalmente, que nos conformamos y no nos prestamos la atención que nos merecemos. Nos limitamos a compararnos con los/as demás, sin cuestionarnos nada y sin plantearnos si quizá habría algún camino alternativo para alcanzar ese nivel de bienestar que tanto deseamos y necesitamos. Y esto es algo aplicable a muchas facetas de nuestras vidas: salud física y emocional, dificultades en el desarrollo de nuestros hijos e hijas, estilo de crianza, relaciones de pareja, uso de nuestro tiempo de ocio, ejercicio profesional… etc. Os pondré un par de ejemplos que me gustan mucho por ser muy ilustrativos:

1.- Si nuestro hijo o hija enferma mucho tras entrar en la guardería, lo más probable es que nos digan: «les ocurre a todos los niños y niñas, así se inmunizan…». Sin embargo, está demostrado que lejos de beneficiarlo, resulta perjudicial para el desarrollo del sistema inmunológico que tenga que combatir en tantas batallas estando todavía tan inmaduro.

2.- Muchas rutinas de nuestra vida diaria las vemos como «normales» porque las viven la mayoría de la gente de nuestro entorno, pero cuando nos paramos a observar detenidamente su efecto en nuestras vidas, nos damos cuenta de que éste es devastador; largas horas en coche atrapados en atascos infernales, un trabajo que nos asfixia, facturas astronómicas de cosas que no siempre necesitamos, quedando apenas tiempo para disfrutar de nuestros hijos e hijas y mucho menos de nuestro tiempo libre.

Además, todo se complica porque muchas veces son los mismos profesionales de la salud quienes caen en esta misma confusión y nos desmotivan para hacer algo distinto pero más beneficioso para nosotros/as.

Ejemplo de no sentirse normal

¿Hay algo que podamos hacer?

Por supuesto que sí. No debemos conformarnos con formar parte de la mayoría; debemos buscar lo que sea mejor para nosotros/as y nuestras familias. Si le prestáis una adecuada atención a vuestro cuerpo y a vuestras emociones, os resultará más fácil saber qué es lo que necesitáis y pronto os daréis cuenta de que, en muchas ocasiones, no os valdrá lo que le vale a los/as demás.

«No debemos conformarnos con formar parte de la mayoría… debemos buscar lo que sea mejor para nosotros/as y nuestras familias.»

Pero tened presente que esa búsqueda del bienestar tiene un cierto «precio», pues os convertirá en personas críticas en una sociedad en la que lo que más parece valorarse es la docilidad y el dejarse llevar… en resumen, ser como los demás, ser normales.

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